En la madrugada del 25 de agosto de 1988 dio comienzo la peor catástrofe padecida en Lisboa desde el terremoto de 1755. El gran incendio de Lisboa.

Los hechos, como en todas las grandes catástrofes, caben en pozas palabras. El incendio, se ignora aún si fue provocado, comenzó sobre las 3 de la madrugada en el interior de los grandes almacenes Grandella, situados en plena Rua do Carmo, que sube desde la plaza de Rossio hacia el Chiado.Las llamas se extendieron con gran rapidez y los equipos de bomberos asistieron, impotentes, a su imparable propagación, manzana tras manzana, a numerosos edificios. El calor intenso provocaba explosiones que desmoronaban muros y paredes, transformando cada edificio antiguo, con maderas viejísimas, en chimeneas que aspiraban y proyectaban hacia el aire pedazos de material incandescente.

Las llamas, de decenas de metros de altura, eran atizadas por la fuerte brisa que venía del río Tajo y obligaban a los equipos de bomberos a retroceder paso a paso. Durante algún tiempo se temió que todo el casco viejo de la capital portuguesa se convirtiese en un inmenso brasero. De un total de dieciocho construcciones alcanzadas por las llamas, once quedaron completamente destruidas y siete parcialmente dañadas. El área en planta ocupada por tales edificaciones, un total de 10.318 m2 se encontraba situada en pleno corazón de una de las zonas más emblemáticas y queridas de Lisboa. El incendio afectó dolorosamente a una memoria colectiva del país que reconocía parte de su patrimonio contemplando aquellas fachadas y aquellos establecimientos comerciales, cuya toponimia y otras variadas referencias constituían sentimientos y testimonios relevantes de la vida misma de una ciudad histórica como Lisboa. La zona conocida como el Chiado, el corazón de la Baixa Lisboeta, popularísimo, nostálgico y precursor de la moda de vanguardia de la capital, ocupaba una posición intermedia entre la Baixa Pombalina y el Bairro Alto, convirtiéndose en paso obligado y diario de miles de personas.

gran incendio en lisboa

Todo el mundo sabía que el centro viejo era un lugar de alto riesgo ante la concentración de edificios antiguos, tiendas y oficinas repletas de material inflamable y calles estrechas que no permitían a los coches de bomberos circular y maniobrar.

Las desproporcionadas dimensiones que alcanzó el incendio y el impacto que produjo en los lisboetas y en los portugueses en genera!, que consideraban al Chiado desde tiempo atrás como un auténtico «ex-libris» de Lisboa y como un símbolo característico de la vida histórica, política, cultural, comercial y económica de Portugal. Decenas de edificios, centenares de comercios y pequeñas empresas destruidos, más de 2.000 trabajadores sin empleo, 3.000 vecinos evacuados, un muerto y 42 heridos.

Fue necesaria la tragedia para revelar gravísimas insuficiencias, como la antigüedad y mal estado de conservación de las canalizaciones de agua lisboetas, que reventaron. Se vivieron momentos de espanto cuando faltó el agua y las medidas de emergencia de protección civil se retrasaban. Fueron necesarias más de 6 horas para que el incendio se diera por circunscrito, primero, y controlado, después. Los afectados son, en su mayoría, pobres y de edad avanzada, vivían en casas que no tenían gas canalizado, de ahí la presencia de numerosas bombonas de gas, cuya explosión cadenciada impuso un trágico ritmo a las primeras horas del incendio. La mayor parte de los vecinos se despertaron por las explosiones, lo que, en muchas casos, les salvó la vida.

Una enorme tristeza se abatió sobre la ciudad, a medida que la radio y la televisión daban, en directo, las imágenes del infierno de la Baixa. Alguna escena de desesperación, de quien perdió su casa, o su trabajo, pero, sobre todo, una convicción, muy fuerte, muy dolorosa: la de que Lisboa nunca volverá a ser la misma después del 25 de agosto de 1988.

La Lisboa de los poetas y los pintores ya es sólo historia.