Según las propias cuentas de los romanos, completadas por el famoso cálculo de Grotenfeld, recogido por Koestermann, pasados 418 años, 418 meses y 418 días de la invasión de Roma por los galos, se producía otro gran desastre en la capital del Imperio, calificado por Tácito como “el más grave y atroz de cuantos se produjeron por la violencia del fuego”.

Una noche de julio del año 64 d. C. se declaró un atroz incendio en el área del Circo Máximo, en Roma. El viento propagó rápidamente las llamas, sembrando el terror entre la población. Tras seis días interminables de devastación sin tregua se logró habilitar cerca del monte Esquilino una zona abierta para servir de cortafuegos. Entonces se desató un segundo incendio, cuyo foco se localizaba en el barrio Emiliano, en una finca de Ofonio Tigelino, prefecto del pretorio y mano derecha de Nerón. El viento, que provenía del sur y suroeste, provocó la propagación del fuego hacia el norte y noroeste de la ciudad, extendiéndose por el Foro Boario, monte Celio, monte Palatino y vía Triunfal, y de allí descendió al valle Mucio, hacia la colina Velia y hacia donde más tarde se asentaría el anfiteatro Flavio, el monte Fagutal y el monte Oppio.

La precipitación de unos, la confusión de otros y el pánico y el terror de todos provocaron atascos y aglomeraciones, agravando con ello las situaciones de peligro y provocando nuevas desgracias al incendio: Se añadía, además, los lamentos de las mujeres aterradas, la incapacidad de los viejos y la inexperiencia de los niños, y tanto los que se preocupaban por sí mismos como los que lo hacían por otros arrastrando o guardando a los menos capaces, unos con su demora, otros con su precipitación, ocasionaban un atasco general.

El fuego arruinó la ciudad y dejó una estela de sospechas, que recayeron ya sobre el soberano, Nerón, ya sobre los culpables que él señaló: los cristianos. Este desastre continúa siendo, a día de hoy, uno de los episodios más conocidos de la Roma Imperial. También resulta difícil ofrecer una enumeración más detallada de los monumentos quemados y reducidos por el fuego. La mayoría de los mismos eran los templos más antiguos de Roma, consagrados en tiempos de los reyes o levantados tras las guerras púnicas o el saqueo de los galos. Se podrían agregar otros edificios de los que conocemos su antigua existencia. Al encontrarse ubicados tradicionalmente en los barrios más dañados por el incendio, quedarían igualmente destruidos los antiguos foros, el templo de Apolo Palatino, el antiguo teatro Marcelo y el palacio de Tiberio.

Mucho más difícil de calcular son las pérdidas referentes a las casas particulares, construidas con materiales frágiles y fácilmente inflamables, formaban las calles tortuosas y estrechas de los barrios más antiguos y se encontraba al suroeste del Palatino; el templo de Júpiter Estator (Stator = el que detiene) se ubicaba al norte del Palatino, en la zona que luego se alzarla el arco de Tito. Según la tradición, procedía de una ofrenda de Pómulo a Júpiter por su ayuda en su lucha contra los sabinos. Los estudios posteriores han demostrado que este templo se levantó en el 294 a.C; la “Regia Numae”, sede oficial del Pontifex Maximus, y el templo de Vesta se encontraban en el Foro Romano.

Tanto contemporáneos como historiadores posteriores culparon al propio emperador, al que presentaron cantando con su lira mientras contemplaba extasiado el poder devorador de las llamas. En el momento del incendio, Nerón llevaba diez años a la cabeza del Imperio. En su primera etapa de gobierno había resultado un ejemplo de respeto a las tradiciones políticas romanas, pero comenzó a derivar hacia una forma de gobierno despótico.

El episodio que originó este declive fue el asesinato de su propia madre, Agripina. No hay duda de que el incendio, ya fuera casual o intencionado, constituyó para Nerón su gran oportunidad para seguir fomentando una política orientalizante, ya que practicaba una política cada vez más personalista, y populista. Nerón no consiguió disipar las sospechas de que había sido él el causante del incendio. Era necesario buscar urgentemente a un culpable y para ello recurrió a una de las minorías religiosas llamadas entonces “sectas”,  la de los cristianos o seguidores de Cristo.

Son diversas las referencias que nos han llegado procedentes de los autores antiguos, pero su aportación, además de escasa, ofrece datos inciertos e, incluso, con frecuencia no existe concordancia entre los mismos en cuestiones tan principales como la causa del incendio, su duración o sus pérdidas.

El incendio de Roma del año 64 llevó consigo importantes y significativas consecuencias que fueron determinantes en la historia posterior de Roma.