Aquel martes había sido un día espléndido en San Francisco, con el cielo despejado y el sol radiante. Y la noche, tan hermosa como el día.

La Ópera se hallaba atestada de público que había acudido a oír al gran tenor Enrique Caruso cantar la ópera Carmen, de Bizet, y los demás teatros también se encontraban llenos. A la salida, la gente invadió los cafés y restaurantes hasta entrada la noche. Los últimos trasnochadores se habían retirado ya y la población dormía cuando a las 5 de la madrugada les despertó un violento temblor de tierra. Era el 18 de abril de 1906, una trágica fecha en la historia de los Estados Unidos.

“En los primeros momentos parecía que la ciudad se hundía. Los edificios se tambaleaban, sacudidos como débiles arbolillos en día de tormenta”, telegrafió horas después el corresponsal del New York Herald que, como el resto, salió precipitadamente de su domicilio. “Corrí asustado, y al llegar a Fourth Street noté con horror que la tierra temblaba bajo mis plantas. Al principio no me di exacta cuenta de la situación y vi después que se desperendían las cornisas de algunas casas inmediatas. Siguió a esto un extremecimiento formidable que se repitió hasta tres veces, acompañado de un estruendo ensordecedor”.

Tras la primera sacudida los habitantes de San Francisco habían huido de sus casas medio desnudos y locos de terror y el pánico aumentó cuando un nuevo temblor les sorprendió a las ocho y cuarto.

Tres minutos más tarde, la hermosa y moderna ciudad estaba convertida en un informe montón de escombros. La multitud al huir, invadía las calles; el espectáculo era trágicamente aterrador. No tardaron en iniciarse incendios en diferentes puntos; la conflagración se hizo después general. Durante más de cuatro días un intenso incendió arrasó la ciudad de San Francisco, haciendo que los destrozos fuesen aún mayores.

Para aislar el fuego se recurrió a la dinamita. Haciendo volar los edificios se intentaba evitar que las llamas se propagaran a los no incendiados, pero los múltiples incendios avanzaban. Las cañerías que conducían el gas por las calles y edificios de la ciudad se habían roto en varios puntos y el fluido ardía. También se habían roto las cañerías de distribución del agua y ésta escaseaba para combatir el fuego. La vía férrea se hundió en varios sitios y a cada momento se desmoronaban manzanas enteras de casas.

A las nueve y media de la mañana ya se anunció que los muertos ascendían a varios centenares y había al menos un millar de heridos, pero la cifra de fallecidos aumentaba por momentos. Los informes del día siguiente hablaban de 2.70o muertos y más de 12.000 heridos.

En la crónica se contaba que las llamas cubrían la ciudad en una extensión de ocho millas cuadradas. En una de las calles más céntricas, el fuego destruyó varios edificios, entre ellos el del diario Examiner Chronicle, el local de la Compañía telegráfica de Western Union, el palacio de Correos, los edificios de Telégrafos y Teléfonos, la Gran Opera, el Ayuntamiento, varios Bancos y las oficinas de la Sociedad de Seguros Mutual Life.

El barrio conocido por el nombre de Sur de Market Street, destruido por completo. El incendio había destruido durante la mayor parte de los mejores edificios de la ciudad. La estación balnearia de Cliff House, situada en los alrededores de San Francisco, había quedado destruida por completo. Del asilo de dementes situado cerca de San José, se rescataron 120 cadáveres. Por las calles de la población no se veía más que el constante ir y venir de carruajes y automóviles transportando muertos y heridos. El barrio japonés había sido destruido casi por completo, y en el barrio latino fueron enormes los destrozos. La catedral de San Ignacio y el colegio de los jesuítas había quedado destruidos.

El movimiento sísmico, de 7,9 grados en la escala de Richter, fue el peor terremoto de la historia de Estados Unidos. Se estima que 3.000 personas murieron por el seísmo y los incendios y unas 400.000 se quedaron sin hogar en San Francisco. Los supervivientes dormían en tiendas de campaña en los parques de la ciudad y en el Presidio, esperaban en largas colas para comer y fueron obligados a cocinar en las calles para minimizar la amenaza de incendios futuros.

La arrasada ciudad, conocida hasta entonces como el París de América, volvería a levantarse después de este apocalipsis. En tan sólo cuatro días, los fuegos se extinguieron, dejando un rastro de devastación atrás. Hubo más muertos y daños por el gran incendio que se desató después, que por el sismo en sí.