Los vecinos del número 36 de la avenida Pumarín ya respiran tranquilos y en el sentido más literal. Tras casi dos años, veintitrés meses para ser exactos, conviviendo con los restos contaminados por amianto tras el incendio que asoló el bazar contiguo el nueve de febrero de 2017, por fin pueden abrir las ventanas, asomarse y descubrir que el amasijo de hierros y restos de uralita han desaparecido.

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