Era el 1 de septiembre de 1923, apenas dos minutos para el mediodía y la tierra comenzó a temblar con furia bajo la región de Kanto, en Honshu, la principal isla del archipiélago nipón.

En apenas unos minutos, el seísmo, con epicentro en Izu Oshima, sembró de escombros y muerte la ciudad portuaria de Yokohama y las poblaciones vecinas de Chiba, Kanagawa, Shizuoka y Tokyo, la capital.

Durante una semana, el terror del primer seísmo de una magnitud de 7,8, fue alimentado por cientos de réplicas, un tsunami con olas de hasta 10 metros y un tifón que propagó las llamas en Tokio agravando desmesuradamente la tragedia. Pese a que en términos de magnitud ha habido otros seísmos más potentes a lo largo de la historia de Japón, este fue con diferencia el más devastador.

Se desencadenaron hasta 88 incendios en la región y los japoneses vivieron una lucha encarnizada contra el fuego que terminó con decenas de miles de muertos. La causa de la aparición de todos estos numerosos incendios a lo largo y ancho de toda la región fue el hecho de que el terremoto se produjese exactamente a la hora en la que en la mayoría de hogares se estaba preparando la comida, por lo que miles y miles de cocinas estaban funcionando en ese preciso momento, cada una con su pequeño fuego. Además, otro factor provocó que todos estos pequeños incendios creciesen y se extendiesen rápidamente asolándolo todo a su paso, un factor en forma de tifón que estaba cruzando esa misma mañana la zona de Ishikawa y que ocasionó grandes vientos sobre la costa contraria, la del Pacífico. La ciudad ardió durante casi dos días.

Fueron los incendios de gran magnitud los que hicieron del Gran Terremoto de Kantō un desastre sumamente mortal. Durante más de dos meses Japón luchó por despertar de una pesadilla y el balance resulta estremecedor: entre 105.000 y 200.000 personas murieron  sepultadas, ahogadas o quemadas, 37.000 desaparecieron, dos millones se quedaron sin hogar y otros tantos sufrieron hambre o tuvieron que enfrentarse a enfermedades como la disentería o la fiebre tifoidea.

Hoy sobreviven pocas personas que puedan dar testimonio de lo sucedido en el Gran Terremoto de Kantō de 1923. Su recuerdo quedó grabado en un memorial en Tokio y en una fecha en el calendario: el 1 de septiembre se pasó a denominar en 1960 ‘Bosai no Hi’, el Día de la Prevención de Desastres, para tratar de esquivar ese zarpazo de la naturaleza.

Con respecto a 1923, en la actualidad, la tecnología antisísmica y los sistemas de prevención de desastres han avanzado mucho. Además, la conciencia ciudadana acerca de los desastres se ha reforzado notablemente. En contraste, las construcciones son cada vez más altas y los niveles de tráfico no tienen comparación con los de entonces. De cualquier manera, existen lecciones que podemos aprender del único gran terremoto que ha azotado el área metropolitana de Tokio en los últimos 150 años.